Mis ambiciones


Soy una persona ambiciosa. Ambicioné tener mi familia, mis hijos. Era algo normal porque yo procedía de lo que ahora sé que se llama una familia funcional. Di el primer paso para lograr este anhelo y la vida me enfrentó con la primera jugada, Tenía mi novio de varios años, también procedente de una familia funcional y los dos de 21 años, nos casamos. Un mes después, a mi esposo le diagnosticaron un cáncer, y murió al año.

Cuatro años más tarde, conocí a otra persona, y con él me casé al poco tiempo de conocerlo. Mi esposo era y es un hombre bueno, decente, honesto, trabajador. Como es lógico pensar, quería cumplir mi ambición de tener una familia de inmediato, y a los nueve meses exactos, llena de ilusión, di a luz mi primer hijo, aunque debo indicar que fue el cuarto de mi esposo. Tres años después tuve mi hija.

Por varios años me pregunté que pasó. Creo que fuimos buenos padres, nos ocupamos siempre de nuestros hijos, y traté de llevarme del consejo que me diera una prima de que los niños se crían primero con amor v después con alimento. Tanto mi esposo como yo éramos cariñosos, pero no permisivos. En nuestra casa había que ser responsables, respetuosos con los demás, se gastaba lo que se podía, nunca más, y se estudiaba.

Siempre se estudió en abundancia en nuestra casa, porque era preferible para nosotros tener la casa llena de estudiantes, bajo nuestra supervisión, y así evitar problemas con las amistades y compañeros de nuestros hijos, a lo mejor acostumbrados a una supervisión rnás permisiva que la nuestra. Mis hijos eran muy inteligentes, tenían notas aceptables porque, llevándonos de las teorías que conocíamos, nunca los forzarnos a ser los mejores estudiantes, aunque sí debían pasar sus cursos, porque su única preocupación eran sus estudios.

Yo, personalmente, presumía de que tenía el control completo de mi familia, y no era como algunos de mis compañeros, que habían experimentado serios problemas con sus hijos, por tener actitudes complacientes con ellos.

A los quince años, sin embargo, mi hijo empezó a dar muestras de un comportamiento extraño. Y, oh sorpresa, me enfrenté con algo que ni en mis rnás remotos sueños imaginé que tendría que enfrentar. Me enteré de que, estudiando, la droga llegó justamente a mi casa.

Empezó el vía crucis con psicólogos y psiquiatras, internarnientos, desintoxicaciones, períodos sin consumo, períodos con alto consumo, aunque logró terminar su carrera universitaria con notas brillantes.

Pero también las consultas con los profesionales eran para mí y mí esposo, ¿por qué me había pasado a mí esto? ¿por qué yo no lograba que mi hijo dejara el consumo? ¿Que había hecho yo mal?

Yo me consideraba, y aun hoy me considero, aunque en mucho menor grado, responsable de la situación. Además, en mi interior, culpaba a mi esposo porque al ser mi hijo mi primer hijo, pero el cuarto de él, yo pensaba que mi esposo no le había dedicado el mismo grado de amor y atención que yo le dediqué.

Yo creía que existía una cura milagrosa y rezaba para que mi hijo dejara su vicio. Me resentía porque todo mi amor no era suficiente para que él dejara su adicción. Me molestaba porque no podía convencerlo para que abandonara por siempre el abuso de los medicamentos que el consumía en cantidades exorbitantes.

Mi vida era una pesadilla que consistía en dar vueltas todo el día pensando en mi hijo, sentirme perturbada y culpable mientras trataba de ocultar todo eso a mi hija, a mis padres, a mis hermanos, a los amigos, quienes sentían conmiseración con la pobre Cristina, siendo tan buena, y todo lo que ha pasado en su vida.

Pensé que su consumo era cosa de adolescente, y que cuando cumpliera los 20 años llegaría la abstinencia. No fue así. Luego, ilusoriamente, pensé que si se casaba todo se solucionaría. Llegó el momento de su casamiento y la ilusión se desvaneció, todo siguió igual. Llegó el momento del nacimiento de su primer hijo. Ahora sí, pensé. Ilusión rnás que vana. No había forma de que alcanzara la abstinencia que yo tanto ambicionaba.

Es decir, ya siendo abuela, cuando yo creía que tenía el derecho a descansar, tenía que seguir preocupándome por mi hijo. Ayudándolo con sus problema económicos, buscándole excusas a sus problemas de trabajo. Sabía que yo necesitaba una ayuda urgente, pero no sabía donde buscarla. Buscaba las diferencias entre mi situación y la de mis hermanos y amigos. Los demás tenían familias estables, tenían hijos profesionales trabajando normalmente, tenían paz, y yo estaba sumida en una vida caótica.Cuando me reunía con un grupo de amigos, mi autoestima descendía considerablemente. Hablaban de sus hijos establecidos, felizmente casados, de los planes y metas que tenían para el futuro. ¿Qué había hecho esta gente para lograr todo esto, que era nada más v nada menos que lo que yo ambicionaba? ¿Corno había logrado esta tirite algo que yo siempre pensé, era lo normal alcanzar, y que además, con el cuidado que yo había trabajado, era sencillo de obtener? Francamente, la envidia me corroía.

Luego de haber recorrido muchos de los profesionales relacionados con este asunto, mi hijo, su esposa y yo llegamos a Fénix. Por primera vez nos hablaron de que la adicción era una enfermedad, y que tan enfermo estaba mi hijo, como todos los otros miembros de la familia. Que el tratamiento correspondiente era tan necesario para él como para todos nosotros, y es así como él empezó a recibir la terapia adecuada y a asistir a los grupos de Narcóticos Anónimos. Su esposa y yo fuimos referidas a Al-Anon. En cuanto a esto, pensé que este era un país muy pequeño, que todo el mundo se conocía, y que, por tanto, todo el mundo se iba a enterar que yo era la madre de un profesional adicto. Lo consulté con nuestro siquiatra, quien estuvo de acuerdo conmigo. Es decir, no asistí.

Aunque la terapia con mi hijo había tenido resultados positivos, un año después tuvo una seria recaída, y mi nuera y yo, presas del pánico, decidimos escuchar las recomendaciones y asistir a una reunión de Al-Anon. Yo estaba extenuada y buscaba desesperadamente un descanso, y además, mi buen marido, mi hija, mis bellos nietos y todas las personas a mi alrededor también necesitaban un descanso de mí. Francamente me llevé una gran sorpresa al encontrar un grupo de personas que de inmediato me acogió con interés v simpatía y que me dedicó casi exclusivamente la atención en esa, mi primera reunión. Imagínense vo, el centro de atención cuando todo lo que yo había hecho en mi vida era ocuparme de los otros. Además, me dejaron hablar de mí misma, v no lo consideraron un pecado, al contrario, lo alentaron. Así que asistí con regularidad a las reuniones v puse mi voluntad y mi vida al cuidado del Señor, a quien confieso, tenía bastante relegado.

No me resultó difícil comprender el programa de Al-Anon, primero porque entendí inmediatamente que es un programa que funciona, pero segundo, porque yo quería que funcionara. La obsesión por mi hijo desapareció luego de asistir a unas pocas reuniones. Había encontrado la ayuda que tanto había buscado y que tanto necesitaba. Había encontrado la paz y el orden mental que tanto anhelaba, y empezaba a tener la familia que tanto había ambicionado, liberada ella de mi comportamiento obsesivo. Creo que Al-Anon actúa de una manera inmediata. Las cosas empiezan a mejorar poco a poco, pero de una manera constante. Ya no sentía por mis amigos la envidia que me atormentaba y podía ocuparme de un trabajo mucho más fácil, ocuparme de mí. He aprendido mucho sobre cómo manejar situaciones que antes me preocupaban por días y días, y he aprendido que contando mis experiencias ayudo a otras personas a darse cuenta de que no están solas. Nos entendemos, porque tenemos experiencias similares, hablamos el mismo idioma.

Con mi hijo, la terapia y los grupos de apoyo, hasta el día de hoy, han funcionado, y espero que funcionen en el día de mañana. Pero tengo la sensación de que él entendió, desde un principio, el gran cambio que yo había experimentado. Que aunque mi amor por él sigue siendo igual, ya no iba a poder seguir manipulándome, haciéndo-rne sentir culpable, por algo que ahora entiendo yo no causé. Que yo había adquirido la suficiente fortaleza como para dejar que él asumiera sus propias responsabilidades v que mi asistencia económica, moral o de cualquier otro tipo iban a quedar reducidas a lo normal en un caso como el de él? de un profesional recién graduado, con una carrera brillante por delante, y con una hermosa familia a su lado.

Hace un año que asisto a las reuniones y mi vida ha cambiado en todo sentido, las reuniones son cada vez más importantes, y cada vez aprendo más. Al-Anon me ha ensenado que mi propio bienestar tiene recompensas maravillosas para mí y todos los que me rodean. De haberlo sabido, habría asistido antes a Al-Anon. Pero, todo llega a su debido tiempo, y a mí me llegó Al-Anon en el momento que era preciso para mí: ni antes, ni después.

Cristina P.

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