Yo no tenía la menor confianza, en absoluto, pero hoy puedo atreverme a ser yo misma.
Crecí en las afueras de San Francisco, en un barrio de clase media. Fui la mayor de tres hijos, me desenvolví bien en la escuela y siempre mantuve actividades extraescolares. Los únicos momentos realmente desdichados de mi vida estuvieron siempre relacionados con el alcohol. Mi padre es alcohólico, y por ambas ramas de la familia hay tíos y abuelos alcohólicos. Recuerdo haber pensado que lo habíamos pasado maravillosamente si algún día de fiesta, durante la reunión de la familia, no se habían producido ninguna discusión inducida por el alcohol.
A los veinte años, cuando me case después de haber estado breve tiempo en un convento, no teníamos alcohol en casa. La mayor parte de las personas que frecuentábamos no bebían, o se traían su bebida cuando venían a nuestra casa. En los dos primeros años de matrimonio tuvimos dos hijos, y empezamos también la larga serie de mudanzas por todo el país, motivadas por la carrera de mi marido. Antes que naciera nuestro tercer hijo, yo tuve una experiencia traumática, a la que jamás creí ser capaz de hacer frente. No tarde en darme cuenta, de que en ocasiones, beber una copa me servía para aliviar el dolor. También descubrí que me proporcionaba más confianza, más energía y que me sosegaba. En esa precisa época comencé mi larga evasión hacia el alcohol y los fármacos.
Cuando hice mi primera llamada a Alcohólicos Anónimos, unos veinte años más tarde, había dejado de ser una persona abierta, eficiente, afable y pulcra para convertirme en alguien que no podía contestar una llamada a la puerta o por teléfono, que era incapaz de hacer una cama, pintar una habitación, ir a un partido de tenis para ver jugar a los chicos, llevar las cuentas, tomar un baño… prácticamente nada, sin la ayuda de una copa. Ya no me importaba un rábano mi apariencia ni lo que los demás pensaran de mí.
Hace seis años, al mismo tiempo que Betty Ford se puso en tratamiento, llamé por primera vez a Alcohólicos Anónimos.
Han pasado cinco años y medio desde que bebí mi última copa y tome mi última píldora. Hoy son muy pocas las cosas que no estoy dispuesta a intentar. De nuevo me encanta estar con gente. Me siento estupendamente, y mi aspecto es excelente, pero lo mejor de todo es que he recuperado el respeto por mi misma. AA me ha enseñado ha llevar una vida que, en ocasiones, no es demasiado fácil, sin ningún estimulo químico. Empiezo cada día con emoción y lo termino con agradecimiento. Ahora sé que puedo arrojarme sin reserva en las aguas de la vida. |