TESTIMONIO

JOE

El lugar no importa. La cosa puede suceder en cualquier parte, y con frecuencia es así. Estuve bebiendo alcohol durante muchos años, la mayor parte del tiempo con moderación, pero más adelante, ya bien pasados los cincuenta, comencé a perderla. Aquellas terribles resacas matutinas resultaban a veces de dos o tres juerga y borrachera. Hacia el final, perdí virtualmente todo el control.

Mi actividad laboral se había iniciado después de la segunda guerra mundial, con una compañía de renombre nacional donde empecé desde los escalones más bajos hasta alcanzar un puesto directivo. Mis contactos y relaciones tanto en el nivel comercial como en el social, eran muchísimos. Y, naturalmente, en las reuniones nunca faltaban los cócteles.

Me había casado con una guapa chica, cariñosa y paciente, y con los años formamos una familia números y feliz, con las preocupaciones y problemas habituales en las familias. Estábamos sanos, teníamos lo necesario para comer y vestirnos bien, teníamos un hogar confortable. Mi mujer y yo tomábamos buenas vacaciones, a veces con los niños, otras veces solos. En nuestra vida se alternaba el trabajo con la diversión. Yo bebía, pero la mayoría de las veces me controlaba.... y esta forma de expresarlo dice mucho. Durante aquel período hubo advertencias a las que no se presto atención. Hubo veces en que al beber supe, en algún lugar muy profundo de mismo, que el alcohol y yo éramos incompatibles. La razón me decía que tenia que dejarlo, las emociones me decían que no.

Joven aún, a los cuarenta y cinco años, mi mujer enfermo de cáncer, y eso fue un golpe para todos nosotros. Después de haber salido bien de las operaciones, volvió a ser la misma de antes y siguió haciéndolo durante cinco años más. Yo seguía bebiendo “moderadamente”, según me empeñaba en creer.

Los negocios iban bien, los ingresos eran buenos, mi mujer estaba otra vez sana, mis hijos crecían, algunos estaban ya en la universidad. La vida iba bien.

Entonces se abatió la tragedia. Reapareció el cáncer y en breve tiempo mi mujer murió, joven a los cincuenta años. Yo tenia cincuenta y nueve años. Los episodios de bebidas y juergas se hicieron cada vez más prolongados y más frecuentes. Mi familia estaba asustada. La muerte de mi mujer se convirtió en excusa para continuar. Su enfermedad y su muerte no eran la causa, pero yo la use para eso. Autocompasión, culpa, remordimiento. Un trago me levantaba seguían otro y otro más.

Al salir de una tremenda resaca, al encontrarme en la cama completamente vestido, descompuesto, con escalofríos y nauseas, me di cuenta de que había perdido el control.

-Dios mío ayúdame-rogué.
-Estas dando un infierno de vida a tus hijos –me dijo un amigo.
-Papá vas a tener que hacer algo. ¿Quieres que yo te ayude?
-Me pregunto mi hijo mayor.
-Mi respuesta fue un débil si.

Me presentaron un sacerdote católico que relacionaba sus problemas con el alcohol, y que no me condenó, como yo me había esperado. Más adelante, me puso en contacto con un pequeño grupo de hombres; después supe que se trataba de una reunión de AA. Los hombres del grupo, todos triunfadores en diversas carreras, me impresionaron, por decir poco. Estos hombres no pueden ser alcohólicos, pensé. Pulcros, arreglados, bien vestidos, de buen porte y hablar correcto... y eran, sin embargo, alcohólicos recuperados. Eso fue hace diez años y desde entonces no he bebido una sola copa, ni me apetece. Yo no era un caso raro ni lo soy, hay millones de alcohólicos recuperados. En todas partes están abiertas las puertas de las reuniones de AA.

Por la gracia de Dios encontré a AA y abandone la bebida. Pienso como he cambiado mi vida, y que alegría es estar vivo. “Los alcohólicos recuperados son gente encantadora “, escribe Fulton Ousler, y es verdad. Yo he conocido a centenares de ellos.

*Tomado del libro El Valor de cambiar, Dennis Wholey.

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