LA VIOLENCIA
EN FAMILIAS CON ADICTOS

La violencia llega a ser el pan diario donde hay alcohol u otras drogas; así, el abuso físico y el abuso sexual aparecen juntos en muchas familias con adictos.

De acuerdo con el libro Alcoholism: a family matter, en una parte dedicada a la violencia en la familia alcohólica (1):

“Hay 47,000,000 parejas que han experimentado por lo menos un incidente violento en su familia; del 10 al 25% sufren violencia en sus matrimonios, y la mitad de las mujeres que solicitan el divorcio dicen que han sido maltratadas y golpeadas en repetidas ocasiones".

La dinámica del sistema familiar con adictos es muy propicia para la violencia, es una lucha por el control del poder, por tratar de controlarlo todo; la vida gira alrededor de un individuo cuya razón está dominada por la necesidad de una sustancia; reina una enfermedad de negación y de emociones fuertes (resentimiento, ira, vic-timización); y la acción de las drogas en el cerebro crea paranoia, desconfianza, miedo, ect, todo esto conforma un cuadro muy propicio para la violencia entre personas víctimas de la adicción.

¿Cuántos hijos no habrán soñado con matar a su padre alcohólico/adicto para tener un poco de paz y una vida normal en la familia? ¿ Cuántas esposas no habrán pensado lo mismo? ¿Cuántos padres de familia, desesperados por la conducta de su hijo drogadicto, no habrán, rezado para que se matara o que otros lo mataran, y así poder salir de una vida tan terrible?

Historias como esas las escuchamos en nuestros hospitales y oficinas todos los días. Y a esto es lo que conduce la dinámica acción-reacción en las familias disfuncionales: la pérdida del control del adicto; la presencia de comportamientos destructivos cuando el adicto está bajo la influencia de su droga; la agresividad que pueda generar la droga sobre partes específicas del cerebro; el avance de la enfermedad a una etapa crónica donde los daños crean a un "Dr. Jekyll y Señor Hyde", una doble personalidad; el odio a sí mismo, y la baja estima del adicto y de los codependientes y paradependientes; la frustración, el miedo, el enojo, el resentimiento,... la desesperación.

Todos estos sentimientos fomentan la violencia en las familias con adictos/alcohólicos, y como la violencia genera violencia, se forma un círculo vicioso que se ensancha con el avance de la enfermedad. El 64% de los homicidios en Estados Unidos se someten bajo la influencia del alcohol, y casi siempre ocurren entre familiares o amigos al calor de alguna fuerte discusión.

Los estudios sobre crímenes violentos demuestran que en un gran porcentaje de los casos de robo, violación sexual, asalto y homicidios, tanto las víctimas como el ofensor han estado bebiendo juntos. Esta asociación es particularmente obvia en casos de homicidio y violencia sexual en los cuales han estado involucrados amigos y personas conocidas de la víctima. El 52% de las violaciones sexuales se hacen bajo los efectos del alcohol. El 33% de las víctimas de homicidios están embriagadas en el momento de su muerte. El 30% de los suicidios también se cometen en estado de ebriedad, cuando la enfermedad es tan avanzada que la desesperación por no poder controlar su vida predomina, y el adicto recurre a ello para dejar de sufrir y de hacer sufrir a otros (2).

Se ha observado que en las cárceles existe una incidencia muy alta de problemas con la bebida, y estos estudios arrojan que los alcohólicos y los prisioneros con problemas de alcoholismo son más propensos a cometer crímenes que las personas no alcohólicas, estén libres o guardando prisión (3).

En cuanto a las otras drogas, un reporte del Sistema Judicial de enero de 1991, nos señala que más del 40% de la población ingresada en la cárcel entre 1983 y 1989 fue por crímenes que involucran drogas. De más de 400,000 hombres y mujeres que fueron sentenciados, el 31 % fue por crímenes violentos; el 25% admitió el uso de drogas como heroína, cocaína, crack, L.S.D. o P.C.P. en el mes que se hizo la encuesta en la cárcel.

La estadística más alarmante es la siguiente: la mitad de las mujeres encarceladas por ofensas violentas dijeron que habían sido sexual o físicamente maltratadas; el 32% de ellas estaba cumpliendo sentencia por haber matado a un familiar o a un amante. El 34% admitió que había estado bajo el efecto de drogas en el momento del crimen; el 39 % de ellas reportó el consumo diario de drogas durante el mes previo al crimen (4).

Lo más terrible son los reportes de sistemas carcelarios de gran parte del mundo, donde los presos pueden obtener la droga y el alcohol en las mismas cárceles. Es decir, que la enfermedad mental, emocional y física no tiene posibilidad de cura en la prisión, y el individuo, al recobrar la libertad, vuelve al mundo para seguir enfermo. Entonces, lamentablemente, mantendrá su conducta negativa en la familia, y continuará perpetrando actos criminales, si son necesarios, para obtener su droga.

Estos datos y estadísticas son suficientes para llegar a la conclusión de que hay demasiadas familias atormentadas por el miedo a la violencia y a las drogas, aunque nunca conozcamos sus historias. Los casos identificados y por ende incluidos en las cifras que hemos registrado son, posiblemente, sólo una porción de los que existen. Basta poner la televisión, leer los periódicos, escuchar la radio, o a los vecinos en ocasiones, para convencerse de que en los mejores barrios del mundo, entre las familias más educadas y cultas, también existen las drogas, el alcohol y la violencia.

Señalamos la violencia como un problema que complica mucho la recuperación familiar, pues es algo muy difícil de olvidar, de perdonar, de rebasar. Los temores son profundos; el rechazo emocional por parte de la víctima hacia los responsables puede parecer irrevocable; los recuerdos de la situación y el terror experimentado obstaculizan la confianza. Existen grandes resentimiento, reservas y otros mecanismos de defensa fuertemente arraigados y por tanto difíciles de transformar, lo cual es imprescindible para que sea efectivo el proceso de recuperación de una familia donde ha habido violencia, además de drogas y alcohol.

La violencia también puede provenir del codependiente, entonces los hijos se encuentran con que uno de sus padres es adicto y el otro violento. La desesperación y la falta de seguridad que sienten estos niños puede ser tremendamente traumática, pues lo escuchado y lo visto no se borra fácilmente. No es complicado decir que se perdona a todos; pero interiorizarlo y sentirlo verdaderamente es más difícil. Los problemas emocionales demoran en resolverse, y si el adicto y la familia esperan rápidamente grandes cambios, se sentirán muy frustrados. Devolver la paz y la armonía a una familia violenta requiere ayuda especial. Normalmente no es suficiente el apoyo individual que pueden dar los grupos de autoayuda; hace falta, más bien, un tratamiento del grupo familiar con un psicólogo experto en familias afectadas por adictos y con problemas de violencia.

1 Publ, Health Communications Inc; Hollywood, Florida, 1984, Editor Michael Miller. P.63,
2 Datos tomados del Sixth Special Report to the U.S. Congress on Alcohol and Health, January 1987 (U.S. Department of Health and Human Services, p. 13).
3 Sixth Special Report to the U.S. Congress on Alcohol and Health, p. 14
4 Bureau of Justice; National Update, U.S. Department of Justice, Vol. 1, July 1991, p. 8

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