Una de las mayores bendiciones que he recibido de Dios ha sido la posibilidad de concebir en mis entrañas un hijo, "Un Hijo", palabra a simple vista tan sencilla, y sin embargo de tanto significado; tan poderosa, que cualquier madre estaría dispuesta a sacrificar su vida por el bienestar del suyo, ese bienestar que a mi entender está compuesto por tres factores:
* Físico
* Emocional
* Espiritual
Cuidando bien de su salud cuando están pequeños y enseñándoles estilos de vida saludables, cuando mayores (buena alimentación, deportes, etc.), existe una gran posibilidad de lograr un factor físico satisfactorio.
Enseñándoles a amar y respetar a Dios, a sus padres y a su prójimo; enseñándoles que hay que tener empatia con el que sufre, con el menos afortunado; que hay que agradecer cada momento del día, como una oportunidad que nos regala Dios para ser buenos, generosos, hacer el bien y ganarnos el cielo, satisfacemos de esta forma el aspecto espiritual.
Pero que difícil se nos hace criar hijos emocionalmente sanos, hijos que no carguen con los errores de sus padres; hijos que se amen y se respeten a sí mismos para que puedan amar y respetar a los demás; hijos que se valoren, que se cuiden, porque están convencidos de que son un tesoro muy preciado, pero sobre todo un gran regalo del cielo por ser hijos de Dios.
Hoy en día, existe una gran amenaza rondando nuestros hogares; un invasor capaz de destruir lo que con tenacidad, valor, responsabilidad y en ciertos casos lágrimas, hemos logrado forjar con tanto esmero en nuestros hijos.
He visto hogares destruirse ante la presencia de este mal; he visto madres agotar hasta la última de sus plegarias en pos de rescatar a sus hijos de las garras de ese invasor; hermanos, padres, esposos desorientados, atribulados, afectados fuertemente por las consecuencias terribles que acarrea éste mal que no tiene cura (más que erradicarlo de raíz) y aparentemente no tiene solución. Infantes abandonados, maltratados, abusados física y emocionalmente, en fin, familias destruidas y acosadas constantemente por una preocupación, tristeza y angustia continua.
Este terrible mal, invasor de tantos hogares, tiene un nombre -Adicción- enfermedad terrible que no discrimina posición social ni económica, raza, sexo... pero que lejos de temerle, debemos conocerla a conciencia (cómo actúa, cómo engaña a nuestros jóvenes, ofertándoles un placer pasajero, peligroso y dañino) para así proteger a nuestros hijos y a nosotros mismos de su constante amenaza.
Droga, Alcohol, Juego, Bulimia, Anorexia, son los síntomas más comunes de esta enfermedad, que ofrece a nuestros hijos un escape momentáneo de su realidad, a cambio de quitarles lo más preciado de un ser humano: su dignidad y autoestima, dejarlos sin la posibilidad de tomar el control de las decisiones cotidianas y simples de la vida.
Quiero decirle a mis hijos, a los amigos de mis hijos, a todos los jóvenes que podrían ser mis hijos..., que Si hay posibilidad de detener esta terrible enfermedad; que existen mecanismos más poderosos que ella, que pueden impedir su ataque y anularla por completo.
Quiero enseñarle a estos jóvenes que "Nadie da de lo que no tiene", por eso, si quiero ser en el mañana un hombre serio, trabajador, productivo, debo desde ahora, sembrar en mi corazón los principios de la honradez, el amor al trabajo y la honestidad; que sí quiero ser una mujer honorable, respetuosa y guiar por buen camino mis propios hijos, debo sembrar desde ahora el respeto a mis padres, a mi misma, a mi cuerpo, a mis principios cristianos.
Aprender de memoria que amar no es entregarse sin condiciones, ni querer satisfacer mis necesidades ni las de otro a como dé lugar; sino que amar es respetar mis limites y los de mi pareja, mis creencias y valores, mi tiempo, mi madurez, en fin mi crecimiento humano integral (físico, intelectual, espiritual, y emocional).
Enseñarles que no busquen fuera de sí mismos lo que no han sembrado en su interior, pues la felicidad, no depende de nadie más que de mi mismo y de mi capacidad de aceptar cada cosa, situación o prueba que se me presente en la vida, con optimismo y determinación y saber superarlas con la mejor actitud posible.
Sobre todo, quiero decirles a ellos que existe un tesoro muy cerca de nosotros esperándonos; un tesoro que una vez encontrado nos acompaña siempre; que nos ama sobre todos nuestros defectos, errores y tropezones, que nos escucha, nos perdona, comparte nuestras alegrías, triunfos, ilusiones y nos anima en nuestras tristezas, desventuras y decepciones.
Ese tesoro es Jesús; padre, hermano, amigo, el Único, capaz de levantarme cuando todo parece que se me cae encima, el Único, capaz de ayudarme a sobrellevar esa carga que muchas veces parece superior a la fuerza de mis hombros; el que me ayuda a comenzar mi día. con la alegría y fortaleza de hacer cada uno de mis días, el mejor de mi vida.
Quiero pedirle a Jesús que nunca me olvide decirle a mis hijos cuanto los amo, los respeto y los admiro.
Que disfruto con sus logros y alegrías, que sufro con sus desilusiones y tropiezos.
Que me permita predicar con el ejemplo de un hogar cristiano y feliz.
Que me dé luz para ver con claridad mis errores y los de mis hijos y fortaleza para reconocerlos y enmendar mis acciones.
Que no diga siempre SI, porque es más fácil, cuando debería decir NO y quizás me duela.
Que me permita recordarles siempre que quien tiene a Jesús y a sí mismo tiene ya gran parte del camino recorrido.
Que es de humanos caer, pero hay que ser valientes para levantarse y enfrentar de nuevo los retos con fe y fortaleza interior.
Que el futuro es la cosecha del hoy, porque hoy es el día más importante de mi vida.
Quiero pedirle a Jesús sobre todo, que me ayude a inculcarle a mis hijos el amor a DIOS, a sus hermanos, a la vida; y a la capacidad de vivir cada día de sus vidas con la alegría de ser jóvenes auténticos, dignos, con valores cristianos y principios morales arraigados, con la frente en alto, la conciencia limpia y un corazón generoso y desinteresado.
Entonces, sí podremos dar gracias a Dios por tener jóvenes emocionalmente sanos.
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