Una "Diosidencia" como ella misma la define, determinó en 1962 que la joven Giralda Busto, cubana residente en Miami, visitara la República Dominicana como parte de su trabajo de vendedora de enciclopedias y conociera en el despacho de don Luis Amiama Tió al mayor general Antonio Imbert Barrera, único sobreviviente de los hombres que se jugaron la vida al ajusticiar al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.
Las circunstancias de la vida de cada uno hicieron de este único encuentro un hermoso recuerdo. Ella volvió a Miami donde continuó su vida sin saber lo que le deparaban los planes divinos. Ocho años más tarde, a finales de los años 70, Giralda inició en la República Dominicana la etapa más emocionante, difícil e inolvidable de su vida, su matrimonio con el Mayor Imbert Barrera.
Ser la esposa de un héroe nacional no fue lo más difícil. Entrar en la vida de un hombre viudo con cuatro hijos y que había perdido a su esposa, su hija y una hermana en un accidente, constituyó su verdadero reto.
Sentada en la elegante y acogedora sala de su residencia, la señora Busto de Imbert recuerda esos años y el camino emprendido hasta hoy. El tiempo parece haberse detenido en su rostro, el cual conserva aún el gran atractivo de aquellos años.
"En junio del 70 me llamó su secretario y me preguntó que si estaba casada o tenía algún compromiso, yo le respondí que no, que estaba trabajando muy fuerte en una oficina importadora de carne, que me iba muy bien, -yo estaba en una etapa muy sólida a nivel económico- y no quería interrumpir esa trayectoria. El me dijo que recibiría una llamada del general Imbert y así fue. En julio, el general Imbert me llamó y me dijo que quería que yo viajara a Santo Domingo, que conociera a su familia, a su madre, a sus hijos, y que él se sentía muy solo, que no era hombre de estar en la calle de conquista, sino que quería una relación sólida y que en quien pensaba era en mi", cuenta Giralda.
Y así fue, ella volvió a la República Dominicana en agosto, trabajó un corto tiempo en la Gulf and Western y se casaron el cinco de octubre de ese año. Desde entonces han forjado una sólida relación, con sus altas y bajas pero matizada siempre de un amor sereno y estable.
El proceso, primero de aceptación y luego de sincero afecto de los hijos se fue dando poco a poco, sin dejar de ser difícil, ya que dos de los hijos del general Imbert eran mayores que ella y los otros dos se encontraban en la etapa de la adolescencia.
"En un primer momento decían 'que bueno que papi ya tiene una compañera', pero es normal la rebeldía de los adolescentes. Yo imagino que alguno diría 'esta no me va a mandar, ella no es mi mamá', pero el proceso se dio normalmente y hoy puedo decir que tengo cuatro hijos sin parto ni dolor, pero con mucha satisfacción".
De esos cuatro hijos ha recibido muchas alegrías - dice -: la quieren, la respetan y sabe que puede contar con ellos en todo momento.
En estos treinta años, la señora Giralda ha conformado un hogar acogedor y feliz, sabiendo combinar el tiempo que pasa en la casa con un proyecto iniciado hace varios años que la ha ilusionado grandemente.
La Fundación Fénix, Inc., de la que es actualmente presidenta, es una institución sin fines de lucro que presta atención a personas adictas. Le preguntamos cómo se involucró en este tipo de trabajo y nos dice:
"Me encontraba en la ciudad de Miami hace diez años, y Dios, director y guía de mi vida, me colocó ante el conocimiento de una terrible enfermedad: la adicción. Hasta ese momento creía que toda persona que perdía el control sobre el consumo de drogas como el alcohol o los fármacos tenía una conducta obsesiva compulsiva, era una viciosa degenerada o débil".
Agrega que con la ayuda de personas conocedoras, entre ellas el doctor Ornar Mejía, Aurora Rodríguez, el doctor Mariano Fondevilla y Mirta Ponsnomenech se convenció de que la adicción es una enfermedad y que los enfermos necesitan ayuda, por lo que junto a varias personas inició en septiembre de 1994 Fundación Fénix con el objetivo de ayudar a las personas enfermas de adicción a recuperarse e insertarse de nuevo en la sociedad.
Esta labor compromete mucho de su tiempo, ya sea al buscar fondos, planificar estrategias u organizar actividades. Comenta que aunque a veces es muy triste tocar de cerca la situación de algunos jóvenes, todo se compensa cuando algún joven rehabilitado pasa a visitarla y le dice que se ha casado, o que ha iniciado un negocio y su vida está muy bien. Esos momentos la llenan de ánimo para continuar tratando de llevar adelante la fundación.
Mujer de gran sensibilidad, Giralda no siente vergüenza de tener las lagrimas a flor de piel y durante la entrevista, más de una vez secó sus ojos cuando algún tema en particular tocaba las fibras de sus íntimos sentimientos, especialmente al referirse a su esposo a quien ama con especial afecto. De él nos comentó:
"El es un ser humano maravilloso, aparenta ser una persona dura, seca, pero está lleno de una sensibilidad increíble, es un hombre que ama la patria y lo demostró junto a los otros compañeros que se jugaron la vida sin temor a las consecuencias. A través de él he aprendido a querer y valorar esta patria y a desear con más ímpetu la libertad de la mía, que no tiene ni siquiera la opción de una alternabilidad en el poder. El tiene un gran sentido de hombría y de honestidad, pero es muy humano, yo lo veo y lo siento así. Y sobre todo me ama, me lo ha demostrado muchas veces". |